De reportero de boxeo a reportero de guerra

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A las 7:00 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, yo pensaba que tenía la gran noticia del día.

A cuatro días de su combate frente a Bernard Hopkins, Félix 'Tito' Trinidad hablaba por primera vez del asunto doméstico que enfrentaba desde el mes anterior y además de pedir perdón a su esposa y a la fanaticada, anunciaba que le dedicaba la pelea a ella y a sus hijas.

Había llegado la noche anterior y en el primer día de trabajo tenía esa 'bomba'. El fotógrafo Willín Rodríguez y yo nos habíamos levantado a las 4:30 de la mañana para cubrir el entrenamiento matutino de Trinidad y, con tiempo para hacer nuestros envíos, decidimos tomar una siesta. Después de todo, eran las 8:30, teníamos toda la mañana y parte de la tarde para trabajar y ni siquiera el café que nos obsequió Trinidad sirvió para aliviarnos el sueño.

La llamada del jefe de fotografía del periódico 'El Vocero', Ranier Rentas, cambió todo: "Escuchen, un avión, o una avioneta acaba de chocar con una de las Torres Gemelas”, dijo Rentas. “Deben ir para allá de inmediato”.

Decidí ir a quitarle el teléfono a Rodríguez para decirle a Rentas que ya nos había despertado y que dejara de hacer bromas. Pero recordé que Rentas no era un tipo de andarse con engaños y bromas pesadas. Tenía que ser cierto lo que decía. El sueño se esfumó y la mezcla de sentimientos confusos nos invadió al momento de encender el televisor.

“Tiene que estar en las noticias”, razonó Willín. La imagen televisiva no solo confirmó lo que Ranier nos había dicho, sino que nos dejó saber que la pesadilla apenas comenzaba. Mientras comentábamos que no podía ser un avión pequeño, vimos un jet comercial en el momento que choca con la segunda torre.

“Esa es la repetición”, pensé yo. Pero Willín observó que ahora las dos torres ardían en llamas. Nuestra única reacción fue: “tenemos que ir para allá”.

No tardamos mucho en salir; tampoco en darnos cuenta de que súbitamente en Nueva York, la capital del transporte público, no había forma de moverse a menos que fuera a pie. Los taxistas no se detenían y el servicio de 'subways ' detuvo su marcha, al igual que los autobuses.

El mundo ya comenzaba a cambiar para siempre.

DE LA 34 A LA ZONA CERO

Iniciamos una interminable caminata en camino a la Zona Cero. El Hotel New Yorker queda en la 34 y octava, pero luego de una futil búsqueda de transportación, decidimos caminar hasta la Sexta Avenida, desde donde teníamos en vivo y a todo color el horrendo espectáculo que el mundo entero veía a través de sus pantallas.

Fue un camino de un par de horas, en el que captamos -- a través del lente de Willín y de mi libreta de apuntes -- la histeria de los visitantes y residentes de Manhattan tras el primer ataque de guerra en una ciudad de Estados Unidos; la vuelta de los neoyorkinos a informarse por la radio de los automóviles detenidos y en todos los idiomas posibles, la desesperación de familiares con las primeras noticias, la indiferencia de una dama que paseaba su perro en medio de la confusión que siempre produce el ruido de las sirenas de ambulancias, carros de policías y de bomberos y hasta el despiste de un hombre en el mismo medio de la hecatombe.

--“¿Qué estará pasando hoy en Manhattan, todo el mundo en la calle, corriendo de lado a lado?", dijo un hombre mientras hacía fila en un supermercado donde nos detuvimos a comprar agua.

--“¡Señor, hemos sido atacados! Nueva York ha sido atacado y tumbaron las Torres Gemelas", le respondió con un dejo de drama la cajera, tras lo cual el hombre salió boquiabierto del supermercado al enterarse de la tragedia.

En la misma calle, y de camino al bajo Manhattan, supimos que se rumoraba que el ataque había sido perpetrado por el grupo Al Qaeda.

Antes de esa versión, yo pensaba en un nuevo Timothy McVeigh, sentado tranquilamente en algún techo contemplando su obra. Pensaba también ¿cuánta gente estaba en el edificio, cuántos puertorriqueños trabajaban allí? ¿Cuántos padres de familia llegaron pensando en un día más de trabajo o como decía un viejo compañero "un día menos para el retiro"?

LA SECUELA DEL DESASTRE

Willín y miles de fotógrafos captaron la caída de las torres desde distintos puntos de la ciudad. Todavía cierro los ojos y las veo caer. Pero lo más duro, el drama vino en los días posteriores. Padres y madres en busca de sus hijos; hijos y sobrinos en busca de sus tíos; compañeros de trabajo esperando encontrarse; relatos de encuentros, de búsquedas, el día a día de los rescatistas, vigilias por los fallecidos, familiares con y sin esperanza, todo eso formó parte de mi rutina diaria de cobertura después del fatídico día.

Las calles de Nueva York se llenaron de pasquines con fotos de desaparecidos tras el acto terrorista. Fotos de mujeres en el día de su graduación, de hombres en el día de su boda, de bomberos y policías en el día en que juraron proteger la ciudad, imágenes de gente en los mejores momentos de alegría de sus vidas, que sus familiares colocaban ahogados en la pena y con la desesperanza de no encontrar a sus seres queridos.Eran las mejores fotos de sus álbumes de recuerdos, y así esperaban encontrarlos.

En medio de la crisis, no obstante, la ciudad mostró su mejor cara. De pronto, todos se miraban de frente, y las colas para donar sangre eran largas, aparecieron voluntarios para dar ayuda en los centros y hasta desconocidos le daban a los familiares hasta "un hombro para llorar".

Fui testigo de esa solidaridad. Durante una rápida caminata por la calle 34, me doblé el tobillo y caí en medio de la acera. Varias manos aparecieron para levantarme y darme primeros auxilios. "Hielo, descanso, mucho hielo, recuerdo que me dijo un policía que patrullaba la entrada a una de las estaciones del tren.

No fue hasta varios días después del ataque que caí en cuenta de lo que estaba viviendo. De pronto, era una especie de reportero de guerra.

Mientras esperaba en el Hospital Bellevue, comencé a mirar una enorme pared con esas fotos, en busca de nombres que pudieran ser de puertorriqueños, ya que en aquel momento cubría la óptica de mi país. La idea era anotar los números para que mis compañeros en la redacción establecieran los contactos vía telefónica con los familiares.

En el momento que avanzaba en el dictado de los nombres, mi voz comenzó a entrecortarse hasta el punto en que el taco en la garganta me impedía hablar y hasta respirar. Interrumpí la llamada, tomé una larga pausa, respiré hondo y volví a llamar.

Otra visita que nos conmovió fue la que hicimos a un centro de apoyo en la 106 y Lexington. Un grupo de voluntarias del centro daban apoyo a familiares de víctimas a pesar de que estas habían sido golpeadas por la tragedia: el esposo de una de las supervisoras, el bombero Benito Valentín, era uno de los bomberos encontrados muerto el mismo día 11.

Por tanto, mientras necesitaban consuelo, se lo daban a otros. A pocos días de marcharme, dos instantes me tocaron el alma como pocos.

Cuando los familiares de las víctimas veían a alguien con credencial de prensa, se acercaban para darles copias de los pasquines y las fotos que pegaban por toda la ciudad.

Recuerdo el de Anthony Rodríguez, un bombero en entrenamiento que acababa de terminar su turno, pero volvió a su estación ante la emergencia. La hija de Anthony estaba a punto de nacer, pero este jamás regresó para verla. Mientras esperaban, llamaron a la niña Hope (Esperanza). Anthony fue uno de los miles de fallecidos ese fatídico día.

El otro lo compartí con los rescatistas que vinieron de Puerto Rico a ayudar con los trabajos de búsqueda de sobrevivientes y cadáveres. A su llegada al Jacob Javits Convention Center, donde se hospedaban, fueron informados de que Dennis Mojica, un teniente del Departamento de Bomberos de Nueva York que aprovechaba su tiempo libre para capacitar bomberos boricuas en la Isla, era una de las primeras víctimas.

Mojica, experto en rescates en edificios a punto de colapsar y jefe de la compañía de rescate número 1, había pasado varios días en la Isla colaborando en las tareas de rescate en un edificio que explotó en la zona sanjuanera de Río Piedras, en 1996.

De ahí, estableció una gran amistad con los colegas boricuas. Fui testigo de ese encuentro entre bomberos boricuas y estadounidenses que jamás se habían conocido, y del homenaje improvisado que le hicieron a su querido compañero en la estación en la que trabajaba el bombero.

"Para un bombero, morir en la escena es una cuestión de honor", dijo Hay Leddy.

¿Y LA PELEA, QUÉ?

¿Qué pasó con la pelea de Trinidad-Hopkins que fui a cubrir? La noticia del asunto doméstico pasó a un cuarto plano. El combate se suspendió para el día 29 (la fecha original era el 15), tanto por la magintud del suceso sino porque a una cuadra del Garden, un camión destrozado y lleno de escombros y polvo frente a una estación servía de monumento primario a las víctimas: sus ocupantes, incluído el capellán del servicio de bomberos, habían fallecido a minutos del ataque.

Había muy poco que escribir de boxeo en esas semanas con todo lo que había pasado. Trinidad y su grupo de trabajo permanecieron en el hotel Doubletree, en pleno Times Square, una de las áreas a las que la gente iba en búsqueda desesperada de sus familiares. Hopkins se marchó en automóvil a Filadelfia tan pronto se anunció la posposición del combate.

Mi asignación en la ciudad terminó días antes de la pelea, que Trinidad perdió por nocuat, casualmente, en el round 11. Sin mucho interés, la ví por televisión.

En otra ocasión, hubiese sentido tristeza, como cuando Wilfredo Gómez perdió con Salvador Sánchez en agosto de 1981. Pero desde otra perspectiva, con alrededor de 800 boricuas muertos y heridos el 11 de septiembre, la palabra tristeza se redefinió y para mí esto fue sólo una pelea de boxeo.

Al regreso, y al reencontrarme con mi familia, pasé varias semanas con una sensación de luto, como cuando uno pierde a un familiar. Al anunciarse la operación armada en Afganistán, pensé en toda la gente que murió, pero también en otros inocentes que van a morir como consecuencia indirecta de la caída de las torres gemelas.

La misma situación que viví en Nueva York de seguro es la misma que se repite con los familiares de víctimas inocentes en Afganistán, Irak , Siria, la Franja de Gaza y dondequiera que hay una guerra.

Ya lo había vivido. Nueva York jamás volvería a ser el mismo para mí y la forma de ver la vida también cambió para siempre. Cada rincón que visito me recuerda un momento de aquel septiembre de 2001. Cada espacio me lleva al recorrido de historias que viví y de las que fui testigo durante esas casi dos semanas de cobertura posteriores al ataque.

Regresé a Nueva York en octubre de 2006, asignado a cubrir la serie de Campeonato de la Liga Americana entre Mets y Cardenales, con la suerte de encontrarme con otro martes y con otro edificio en llamas producto de otro avión estrellado. Esta vez, se trataba del exlanzador Corey Liddle, quien falleció al estrellarse su avioneta contra un edificio en Upper East Side.

No pasó mucho rato cuando recibí la llamada de Willín Rodríguez, quien me llama todos los 11 de septiembre como un hermano que llama a otro en el día de tu cumpleaños. "Oye, nadie va a querer viajar más contigo", me dijo, para luego terminar con su acostumbrado "cuídate, desgracia'o".

Si alguna vez olvido esta fecha, seguramente él será el primero en recordármelo. A ambos nos marcó para siempre.