Tristeza y nostalgia por Whitaker, la leyenda eterna del estilo único

Pernell Whitaker en plena ofensiva durante su pelea contra el argentino Julio César Vásquez el 3 de abril de 1995. Simon Bruty /Allsport

El amanecer del lunes, para el mundo del boxeo, ha sido triste y de absoluta congoja. Lejos de los cuadriláteros, de los gimnasios o las luces de una arena de boxeo, murió la leyenda Pernell Whitaker. Su muerte ocurrió debido a las lesiones sufridas en un accidente de tránsito, en una cruel desidia del destino. En el selecto club de los campeones de leyenda, Whitaker fue uno de los mayores talentos defensivos, tal vez el más grande todos, y esa cualidad le permitió salir indemne de los males de salud que suelen padecer la mayoría de los ex pugilistas debido a las lesiones en el ring.

Por el contrario, él fue una suerte de torero del ring, un experto en evitar castigos, al punto que nunca fue noqueado y su única derrota por la vía rápida fue, precisamente, la última pelea de su carrera, el 27 de abril de 2001 ante el mexicano Carlos Bojorquez. Durante el cuarto asalto de ese combate, Whitaker se rompió la clavícula y el árbitro detuvo la pelea por consejo del médico de guardia.

Pernell, que cosechó cinturones de monarca en los Ligero, Superligero, Welter y Superwelter , fue parte de una época dorada del boxeo, en la que coincidió con una generación talentosa sin igual. Una generación que sumó atributos, marcó estilos de pelea, inventó herramientas y en su conjunto popularizó al pugilismo en todo el planeta. Mucho le debemos a esos campeones, entre los cuales se encontraba Whitaker y a muchos de los cuales debió enfrentar como José Luis Ramírez, Azumah Nelson, Jorge Páez, Roger Mayweather, Poli Díaz, Freddie Pendleton, Wilfredo Rivera, Buddy McGirt, Julio César Chávez, Óscar de la Hoya y Félix Trinidad, entre otros.

Si a todos los miramos bajo el prisma del agradecimiento, cada uno a su manera nos dio algo nuevo y a cada uno le debemos un aporte esencial en la evolución de este deporte. Con el zurdo Whitaker no tenemos duda en señalar su estilo defensivo como esa aula fascinante que sobrepasa el tiempo sin imitadores ni figuras que consigan emularlo en el arte de evadir golpes.

Whitaker fue un zorro del ring, un zurdo con una coordinación mental superior al resto y de la que presumía mostrando un desorden boxístico que jamás tuvo algo de desorden. Por más que a su estilo lo hayan tachado de poco ortodoxo debido a esa manía de pelear con las manos bajas o su infernal juego de piernas, en su caso nada quedaba librado a la improvisación.

Por el contrario, Pernell siempre tenía el control de su boxeo y el control del boxeo de su rival. Como en un juego de ajedrez, el preveía los movimientos del oponente, elaboraba estrategias defensivas, abusaba de su magia para cuerpear, era capaz de inventar una salida lateral imprevisible o colocar un contragolpe inmediato a partir de esa habilidad y desde una posición inesperada.

Su efectividad en el golpeo nacía de ese don y, sobretodo, de la velocidad unida al acierto. Whitaker no desperdiciaba golpes, administraba su cardio, leía perfectamente los estados de ánimos o los momentos de fatiga de sus rivales y hasta los momentos de depresión causados por la impotencia en sus adversarios. Whitaker, precisamente, estableció una manera poco usual de desplazarse por el ring, era capaz de hacerlo de espaldas, girando en cualquier sentido alrededor de su rival, esquivando golpes y devolviendo o cambiando de sentido, ya sea para retroceder o entrar en velocidad a dejar una combinación de dos o tres impactos.

El uso del jab en movimiento, la increíble habilidad para lanzar la izquierda larga a mitad de un desplazamiento hacia ese mismo lateral, la capacidad de golpear en retroceso o la forma en que lograba de sorprender con una recta perfilada de abajo hacia arriba desde una posición defensiva y expectante, fueron algunas de sus maniobras inolvidables.

En su mejor momento, Whitaker fue casi invencible, precisamente entre 1993 y 1997 fue considerado el mejor boxeador libra por libra del planeta. Fue la etapa de su carrera con algunas de sus más memorables batallas, como el del polémico e inexplicable empate ante Julio César Chávez por decisión mayoritaria en una épica batalla el 10 de septiembre de 1993, donde el estadounidense dominó totalmente al mexicano. Su estrella boxística se apagó a finales de esa década, cuando acumuló tres de las cuatro derrotas en su palmarés de cuarenta victorias, con 17 KOs. La derrota anterior fue en 1988 en la primera de dos peleas contra otra leyenda mexicana, el también zurdo José Luis Ramírez.

Es verdad que su boxeo fue único, pero resulta difícil explicar a las nuevas generaciones la razón para que Pernell Whitaker sea tan venerado siendo un ejemplo brillante del mejor boxeo defensivo. Precisamente en una época en la cual el boxeo elusivo ha ganado más detractores que adeptos.

En esa dicotomía en las apreciaciones, tal vez, esté la mejor explicación para apuntar al talento de Whitaker como una excepción en ese mundo de correlones y campeones aburridos que ganan gracias a su capacidad de evitar los intercambios. Pese a esas habilidades, nunca Pernell dejó la sensación de que se negaba a pelear, por el contrario. Su técnica boxística era una diabólica mezcla de defensa inexpugnable, agresividad quirúrgica y efectiva capacidad ofensiva.

Lo tenía todo y cada presentación nos permitía asistir a un show de recursos infinitos ejecutados con maestría y talento magistral. Por ello, en la memoria de los fanáticos su recuerdo es tan único como su talento.

Se fue un grande y al cielo le pedimos paz en su tumba. Solo allí, porque en nuestra mejor memoria, ‘Sweet Pea’ seguirá toreando rivales hasta el final de todos los días. Como los gigantes, los que no merecen ser olvidados y a la hora de imaginar la perfección en el cuadrilátero, su nombre, su boxeo y su estilo, nacen nuevamente para mostrarnos que en este deporte hubo, hay y habrá hijos y entenados. Y de los primeros, se nos fue un hijo pródigo.

Todos de pie señores, merece el aplauso y su lugar sagrado en nuestra memoria; estamos despidiendo a un grande y transformándolo en leyenda eterna.

Así deberá ser recordado Pernell Whitaker. Por siempre.