Hulk, la identidad que más hizo ganar a Givanildo Vieira de Souza

Con una relación armoniosa con el gol en el Zenit, el brasileño es la esperanza del equipo ruso dentro de la Liga de Campeones de Europa. Getty Images

LOS ÁNGELES -- Por su paquidérmica embestida, su fortaleza, y su semejanza con Lou Ferrigno, Givanildo Vieira de Sousa perdió el acta de bautismo de Campiña Grande, y en las aguas del futbol fue rebautizado como Hulk.

Más allá de la carrocería poderosa, la velocidad cuando el vigoroso tren inferior toma cilindraje, Hulk acompaña de cierta gracia, equilibrio y tersura con la pelota, el arsenal de su juego.

Tras campañas demoledoras en el Porto, apoderándose de todo lo disponible, Hulk es ahora el artillero del Escuadrón Antiaéreo, como bautizan los optimistas al Zenit de San Petesburgo.

Con una relación armoniosa con el gol en el Zenit, con una media de un tanto cada dos encuentros, el brasileño se convierte en la explosiva esperanza dentro de la Liga de Campeones de Europa.

Por su velocidad, su terrorífica embestida, digna de un acarreador de la NFL, y por la letal codicia de gol, esta bestia zoológicamente encajaría en la familia de los rinocerontes, con todos los pánicos que despierte.

Para sentirse cómodo, además, el Zenit verá cómo en la memoria intacta del jugador se despiertan sus rencillas futbolísticas. Como figura del Porto, Hulk se impregnó de la rivalidad con el Benfica, el adversario inmediato en la Champions.

No para ahí el escozor del Benfica, especialmente porque detrás de las estampidas de Hulk está un taxidermista que tiene en su colección varios cadáveres de Águilas disecadas, como el alumno de José Mourinho, André Villas-Boas.

Con su paso devastados en Brasil, Japón, Portugal y ahora con el Zenit en Rusia, Hulk ha desarrollado el estilo de juego para el que aparentemente fue construido su organismo: plenamente físico, con la inevitable sensibilidad del jugador brasileño.

Incluso en la misma selección brasileña, sus propios compañeros han hecho intensas bromas y apologías por la frondosidad de sus caderas y glúteos, producto evidente de sesiones de gimnasio y del propio biotipo del jugador.

Y aunque está hecho para confrontar al tonelaje de jugadores europeos de condiciones similares, Givanildo Vieira de Sousa ya superó aquella etapa en la que cayó por momentos en el abuso, y que provocó conflictos de todo tono en las canchas.

“Cuando toma carrera, hay que tener cuidado. Es como tratar de detener una locomotora”, explicó alguna vez David Luiz.

En espacios reducidos, sufre, pero no se rinde, porque precisamente aflora otra de sus virtudes, la habilidad para proteger el balón, mientras regatea un balón por la banda o encuentra una escapatoria a través del relevo de un compañero.

Sin el semblante verde, sin los accesos de ira, las embestidas semiciegas, y el afán de confrontar en el choque al adversario, le han permitido consolidarse en Europa, aunque siempre añorando que se consume una gran oportunidad en un club de elite.

Y aunque a nivel de clubes mantiene regularidad, y hasta ciertos guiños de idolatría, la gran deuda, cuando ya roza los 30 años, sigue siendo con la selección de Brasil, con la que sólo ha conquistado la Copa Confederaciones en 2013.