El Indio Walter Olivera, uno de los grandes capitanes en la historia de Peñarol, conversó en exclusiva con ESPN Uruguay y relató varias de las vivencias más importantes de su sensacional carrera.
“Vi pasar el espíritu de la Historia a caballo”, dicen que dijo Hegel cuando vió entrar a Napoleón en Jena. En 2015, pude ir al Parque Nasazzi y tenderle la mano al ex boxeador Alfredo Evangelista, y no pude evitar pensar fascinado que esa misma mano por ejemplo había golpeado a Muhammad Ali.
Conversando con Olivera es difícil no dispersarse por un instante a la hora de escuchar sus relatos en primera persona en el que brotan apellidos ilustres en la historia del fútbol mundial.
Aún sin haber jugado un Mundial con la Celeste (sí salió campeón de la Copa América de 1983 y del Mundialito de 1980, donde le cometió un penal al legendario Sócrates), el Indio fue uno de los defensas que tuvo el mejor arquero en la historia de Uruguay (Ladislao Mazurkiewicz) o pareja en la zaga de uno de los más grandes defensores rioplatenses (Roberto Matosas). Y también compañero de Nelinho en Atlético Mineiro, del chileno Elías Ricardo Figueroa en Peñarol, del máximo goleador del Manya (Fernando Morena), o del máximo artillero en la historia de la CONMEBOL Libertadores (el ecuatoriano Alberto Spencer).
Si hasta Juan Alberto Schiaffino (autor de uno de los goles de Uruguay en el Maracanazo de 1950) fue importante en su carrera.
“Yo estaba ahí, acompañando”, dice con una humildad sincera el Indio. Pero Olivera es por ejemplo, sencilla y contundentemente, el último capitán campeón de América y del mundo con Peñarol (1982). La Historia es parte del Indio.
Los primeros entrenamientos en Peñarol
Olivera comenzó en la reserva de La Palmita: “Jugaba los domingos en un equipo de la liga regional de Soca. Arranqué de nueve porque me gustaba jugar de nueve, yo quería hacer goles, pero no hacía ningún gol y el técnico me dijo que ‘de nueve, está Fulano que es más goleador, vos tenés que trabajar’. Terminado el campeonato de la liga de Soca, se inventó un torneo entre algunos bares y pequeñas localidades y empezamos a armar el cuadro”.
“Yo en ese equipo no entraba porque había un nueve que jugaba muy bien, pero un amigo (Hugo del Pino) cuando vio que faltaba un zaguero me dijo: ‘Vos Daniel, ¿no te animás?’ ¿Y qué voy a hacer? ‘Todas las que vengan, sacalas’. Después empecé a jugar y jugar en La Palmita, de ahí a Peñarol y después todo lo que vino que con 72 años hoy no lo puedo creer que haya andado por los lugares que anduve y lo que jugué; Peñarol tenía grandes jugadores y yo estaba ahí, acompañando. Lo de jugar de defensa me cumplió el sueño de jugar en Peñarol”.
“Un día, estábamos jugando y cuando terminó el partido un hombre se me acercó y me preguntó si me gustaría jugar en Peñarol. ¿Peñarol de dónde? Porque hay otros Peñaroles en Uruguay, como el de Pando, muy cerca de donde yo viví. ‘Peñarol de Montevideo’. Ahí ya fue algo que la verdad no puedo explicar ni lo que me pasó dentro de mí, lo único que sé que recuerdo, fue que dije ‘Sí, cómo no voy a querer’. Mi sueño era ese, jugar al fútbol y jugar en Peñarol. Para mí era algo que no podía creer”.
“Al otro día fui a Las Acacias, y el sueño empezó a realizarse y cumplirse”.
Sin embargo, Olivera tuvo que pasar de vivir en la chacra de sus padres en el paraje Sosa Díaz a una pensión en Ejido y la Rambla. “Yo quería la chacra, mi casa donde era libre de todo”. Y entonces Olivera le preguntó a su compañero Sergio Blanco dónde pasaba el ómnibus para volverse. Se volvió y lo fueron a buscar de nuevo, pero con la posibilidad de viajar todos los días a Montevideo: “Eso me gustó, lo empecé a hacer y ahí empezó la aventura con Peñarol”.
El Indio, cuyo apodo se lo puso Luis Varela (campeón de América y del mundo en 1966), jugó en Cuarta y en Tercera en 1969, y en 1970 lo invitaron a Los Aromos para practicar con el primer equipo, jugando en el Manya hasta 1983 y siendo dirigido, entre otros, por Juan Ricardo Faccio o Roque Gastón Máspoli.
El día de la patada a Spencer: “Pensé que me echaban”
“Siempre llamaban a chiquilines de las divisiones menores para practicar con la Primera y lo tranqué a Alberto Spencer, que para mí era un contrario más. ¡Pero sabés lo que era pegarle a Spencer! Ahí el técnico me dijo ‘suave Indio, es una práctica’. Yo pensé acá me echan, pero no. No fue nada lo de Spencer, sólo una caída y yo seguí andando”.
El ex capitán de Peñarol rememoró en ESPN la cuarta CONMEBOL Libertadores ganada por el Manya y contó cómo vivió el final de la revancha ante Cobreloa: "Fernando Morena me salvó".
Olivera llegó a debutar en el primer equipo en 1972 con Faccio como DT, jugando ante Cerro en el Estadio Centenario y compartiendo zaga con Roberto Matosas, mundialista con Uruguay en 1970.
El Indio, quien también entrenó con el chileno Elías Ricardo Figueroa (jugó en el Manya hasta 1971), pudo jugar con Ladislao Mazurkiewicz: “El Chiquito fue un gran amigo, un gran compañero. Te podían llegar a hacer un gol, pero no te hacían goles seguidos porque te daba confianza, te dirigía desde atrás… La verdad, sin despreciar a nadie, fue un monumental golero y muy buena persona”.
La fractura que lo dejó afuera de un Mundial y la paciencia de Shiaffino
En mayo de 1973 debutó con la Selección Uruguaya y el 25 de abril de 1974 jugó en Melbourne un amistoso ante Australia: “Los australianos eran jugadores de rugby, tremendos lomos, y cuando en una cierta jugada puse la pierna, él levantó el taco y lamentablemente me fracturé. Ahí era titular en la Selección y pensé que el mundo se me caía”.
Le pusieron yeso, pero tiempo después lo apuraron en su recuperación y, aún no teniendo buena musculatura, jugó ante Fénix y se quebró el peroné. Dos o tres meses después, lo mismo. Hasta que en 1975, Juan Alberto Schiaffino asumió la dirección técnica tras la salida de Hugo Bagnulo.
“Cuando estaba lesionado venía igual con yeso haciendo un sacrificio porque tampoco tenía auto. Un día, Schiaffino me dijo: ‘Indio, váyase para su casa, no venga más y recupérese. Cuando esté bien para entrenar, venga y el puesto lo va a tener’. Me fui para mi casa, y caminé muchos kilómetros por la playa de Salinas a Atlántida. Fueron unos meses, y cuando estuve recuperado de la lesión y de la cabeza volví a Los Aromos y ahí empecé a entrenar. Schiaffino cumplió y empecé a jugar al poquito tiempo”.
Campeón de América y del Mundo con Peñarol
El Indio continuó jugando en Peñarol y con la Selección Uruguaya, ganando en reiteradas oportunidades el Campeonato Uruguayo (en total, lo ganó en siete oportunidades: 1973, 1974, 1975, 1978, 1979, 1981 y 1982) y el Mundialito de Selecciones de 1980 (con la Celeste, también ganó la Copa América 1983).
En 1982, Olivera fue el capitán del equipo campeón de la CONMEBOL Libertadores, la cuarta que obtuvo el Manya en su historia: “Yo no podía pensar que podía estar en un grupo donde íbamos a ganar algo tan grande. Porque el Campeonato Uruguayo, Peñarol tiene la obligación de ganarlo, tenemos que ganarlo todos los años”.
“Se nos empezó a dar todo bien, el grupo se empezó a juntar cada vez más, a hacerse más fuerte. Recuerdo que el trabajo que tuvimos para esa Copa lo hicimos en Rocha, tuvimos mucha arena, muchas cosas que para aquella época servían mucho. Tuvimos juntos mucho tiempo, concentramos mucho, estábamos tan enchufados de querer ganar la Libertadores (Peñarol no lo lograba desde 1966). Partido a partido íbamos jugando bien y ganando”. El DT era Bagnulo y el preparador físico el argentino Jorge Kistenmacher.
Peñarol ganó el Grupo 2, donde también estaban São Paulo, Grêmio y Defensor Sporting. Luego terminó primero en el Grupo A de la segunda fase, compartiendo zona con Flamengo y River Plate, y en la final enfrentó a Cobreloa.
El 26 de noviembre de 1982 en el Estadio Centenario, fue empate 0 a 0. Y el 30 de noviembre en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, el Carbonero ganó 1 a 0 con gol de Fernando Morena al minuto 89 tras pase de Venancio Ramos. “En el primer partido que jugamos en Montevideo, yo había tenido una lesión en el tobillo. Me hicieron unas curaciones, el viejo y querido hielo, y jugué el segundo partido bien vendado. Pero el dolor seguía cada vez más y con el pie hinchado sabía que si había un tercer partido no lo iba a poder jugar. Pero no podía hacer nada, sólo defender y tratar de ganar el partido, pero los goles no aparecían. Y así fueron casi noventa minutos, pero Fernando me salvó, como tantas veces. Jugar con Morena era casi que siempre entrar ganando 1 a 0”.
Ese título le dio la posibilidad al Manya de disputar el 12 de diciembre en Tokio la final de la Copa Intercontinental ante Aston Villa, y el equipo uruguayo venció 2 a 0 con tantos de Jair Gonçalves y Walkir Silva.
“A nosotros lo que nos interesaba era la Libertadores, que era lo que veníamos perdiendo. Fuimos a Japón con el compromiso de lo que nos jugábamos, pero más sueltos. A diferencia del partido con Cobreloa, yo iba sin nervios. Salimos a jugar y me acuerdo que le decía al Tano Gutiérrez, fijate el nueve qué grande que es, tendremos una lucha con él, pero más bien en tono distendido; tuvimos un lío bárbaro con el nueve durante todo el partido. Y se nos dio. Ganamos la Copa, algo que no podíamos creer”.
El clásico que jugó y ganó estando fracturado
“Esa historia comenzó con un partido en Chile por la Copa. Y en un córner defendiendo, cada uno estaba en su lugar marcando, y la pelota lo pasó a Fernando, que quiso volver hacia atrás y me pisó el dedo pequeño del pie y me lo fracturó. En el partido sentía el dolor, pero no sabía que me lo había fracturado, seguí jugando. Cuando terminó el partido el médico me revisó y me dijo que estaba fracturado, que no sabía cuánto podía llevar para volver a jugar. Eso fue un miércoles y el domingo teníamos el clásico en Uruguay contra Nacional”.
“Le dije al doctor que quería jugar, que me busque una solución. En aquella época, si había algún dolor le dábamos una inyección. ‘No podés, está quebrado… ‘, me dijo y le respondí que buscara algo para poner adentro del zapato. El viernes, al otro día, me dijo que lo que podíamos hacer era, con un mecánico dental, una prótesis por arriba, pero no me iba a entrar el zapato. ‘Y juego con un zapato más grande, no hay problema’. Y así lo hicimos”.
“Se hizo algo para cubrirme duro, no sé con qué material, me lo pusieron ahí y conseguí un zapato más grande. Y ahí fue que jugué el partido, no sentí dolor, hasta que Hebert Revetria, un amigo, me buscaba para pisarme porque todo el mundo sabía que yo tenía fracturado el dedo, pero no lo logró. Tuvimos una peleítas, pero normal dentro de la cancha. Pude jugar el clásico y ganamos, todo salió bien”, concluyó el Indio, quien en ESPN también destacó su sentimiento hacia Peñarol, detallando su primer y su último día como jugador aurinegro.
