En un mundo en el que cuesta recordar lo que pasó una semana atrás, remontarse a lo que ocurría hace más de tres meses entraña una dificultad alta. Para el hincha de Boca Juniors, significaría viajar hacia sensaciones bien distintas del tiempo dulce que vino después. A finales de julio, el equipo no sólo acababa de dar una muy pobre demostración al perder 3-0 contra Deportivo Riestra por la primera fecha del torneo local, con un once integrado por mayoría de habituales suplentes que dejó dudas en todas las líneas. Lo que lucía aún peor en realidad era lo que se venía: un fixture con triple competencia que obligaba a atravesar un maratón de partidos. Pero este Boca de Rodolfo Arruabarrena tenía su propia receta. Una que cambió la lógica y lo llevó a su mejor momento cuando el camino parecía arrastrarlo a otro año de crisis.
“El vestuario es un cementerio y está bien que duela, pero mañana 9.30 tenemos que empezar a trabajar el partido con O'Higgins. Hay que enfocarse en estos errores y que no se repitan", expresó el Vasco en la conferencia de prensa posterior a la caída en el Bajo Flores contra uno de los equipos que pelean la permanencia. El tiempo le daría un sentido especial a ese llamado a asumir lo negativo con autocrítica. El de no quedarse encerrado ahí, para poder apuntar a los objetivos que había en juego. Claro que justamente uno de los problemas era cuáles eran esas metas que quedaban en pie. Y sobre todo, la que ya no lo estaba.
Boca resolvió el golpazo previo de la Libertadores
Cuando Arruabarrena hablaba de O’Higgins, la sensación predominante en Boca por tener que jugar ese partido era de amargura. Porque la disputa de la Copa Sudamericana llegó después de haber quedado al margen de la Copa Libertadores, el gran objetivo del año, en la fase de grupos y con una caída histórica en la Bombonera contra Universidad Católica. Había que dar vuelta la página de esa frustración.
El primero en dejar en claro que Boca debía dedicar su mayor esfuerzo posible a ganar la Sudamericana fue el gran referente del equipo. No lo hizo apenas con palabras, sino que lo demostró con hechos. Apenas cuatro días después de haberse dejado la piel durante 75 minutos en la final del Mundial, Leandro Paredes se sacudió la frustración de la caída contra España como mejor sabe hacerlo: jugando. El capitán fue titular contra los chilenos y, además de lo que siempre aporta dentro del campo de juego, bajó a sus compañeros un mensaje de compromiso irrenunciable. El emplazamiento del mejor de todos estaba ahí, poniendo el cuerpo en riesgo por ese torneo que algunos miraban con desprecio. Nadie podía hacerse el distraído, y así fue como todos entendieron que Boca debía ir con todo por su primera copa internacional después de 18 años, aunque no fuera la Libertadores.
Así y todo, y como correspondía a ese momento de dudas, no fue fácil superar el repechaje. Boca llegó con la ventaja mínima a Rancagua, no la pudo sostener y apeló otra vez a esas benditas definiciones por penales que ya son una marca registrada en la historia del club. Ya sea por la liberación que significó superar esa instancia (esquiva en 2024 contra Cruzeiro) o por un proceso que naturalmente se iba a dar, a partir de ahí el equipo de Arruabarrena celebró con euforia cada uno de los pasos que lo llevaron hasta la final.
El punto de inflexión: Estudiantes y Vélez, una ráfaga de puro fútbol
Boca tuvo que postergar para el 5 de agosto su partido ante Estudiantes por el torneo local porque la fecha original se superponía con el cruce con O’Higgins. Era uno de los primeros peldaños a sortear de la seguidilla, que generaba dudas por cómo se comportaría el físico del equipo pero sobre todo por el nivel futbolístico. Pero precisamente en ese choque contra uno de los mejores de Argentina -que terminaría llegando a la final de la Libertadores- empezó a aparecer el funcionamiento que buscaba Arrubarrena. Con Paredes que, después del triunfo 1-0, marcó otra vez desde dentro del campo el camino y habló del juvenil Milton Delgado como su “rueda de auxilio”, para dar la señal precisa de que nunca más debía salir de entre los once. Con Santiago Ascacíbar, que pisó el área frente a su antiguo equipo con gol, el primero de una cadena que significaría un aporte fundamental. Con Lautaro Blanco, infaltable e infatigable en el lateral izquierdo, para dar una asistencia ese día y advertir: “El equipo funcionó muy bien y esta victoria nos sirve para, de una vez por todas, arrancar”. Y arrancó nomás Boca.
Tres días después, Vélez fue una nueva prueba de que se había dado un salto de calidad. Porque aunque no pudo ganar y se tuvo que conformar con un 1-1, Boca sometió en buena parte del partido a otro de los mejores equipos de Argentina y mereció largamente el triunfo. El sendero estaba marcado y, más que el cansancio por tener que salir a la cancha continuamente, los jugadores parecían motivados por jugar. Por hacerlo bien y por superar a sus rivales.
También empezó a ocurrir lo que se da cuando un equipo gana en confianza, y es que sin que se resintiera la estructura podían ingresar y hasta sumar valor jugadores desde el banco de suplentes, como Ángel Romero, Tomás Belmonte antes de su lesión o Alan Velasco cuando la fractura de peroné privó a Boca de contar con Tomás Aranda.
Esa rotación ayudó a que los titulares pudieran tener un descanso. Era necesario: desde el 23 de julio, cuando venció 1-0 como local a O’Higgins, hasta la victoria 3-1 contra Vasco da Gama el 20 de octubre en el Maracaná, Boca jugó nada menos que 23 partidos en poco menos de tres meses. Más de un encuentro cada cuatro días. Pero las cifras no mienten y está claro que lo disfrutó más de lo que lo padeció: cosechó 12 victorias, 8 empates y apenas 3 caídas. Hasta las derrotas tienen una salvedad: más allá de la de Riestra, las restantes fueron el 1-0 en Rancagua que terminó con victoria en los penales, y el 1-0 de Vasco en la semifinal de la Sudamericana, que Boca consiguió revertir al ganar 3-1 en el Maracaná.
Compromiso y buen juego, la combinación infalible de Boca
Si la levantada fuera una película, el comienzo bien podría ser esa presencia de Paredes en el partido de ida del repechaje de la Sudamericana. Que tuvo una continuidad perfecta en su ingreso en el segundo tiempo ante Vasco da Gama en Brasil pese a haber sufrido un desgarro once días antes, para marcar el gol que definió la serie y rompió todas las previsiones y las gargantas de los hinchas.
El sueño para el equipo de Arruabarrena es que esa hazaña en Rio de Janeiro no sea el final de nada. Que apenas sea un capítulo más de una película que terminará con los títulos que se le han negado a Boca desde 2022. Para eso falta, aunque si algo no se le puede negar al equipo es que recuperó la memoria de ese buen juego que tanto extrañaban sus hinchas, que suele ser la mejor receta para festejar. Ese funcionamiento que apareció cuando todo era duda y un capitán y un entrenador marcaron el camino.
