La etapa más obscura

Lamentablemente hoy, vivimos la etapa más oscura en la historia de las selecciones nacionales y eso duele, duele mucho.

Es ésta, la que están viviendo la mayoría de las selecciones nacionales de fútbol de México. Nunca antes, la afición al deporte más popular en este país había soportado tantos tragos amargos debido a los fracasos que, uno a uno, se han acumulado recientemente. Luego de la eliminación tras la fase de grupos en Qatar 2022, el fútbol mexicano ha regresado a la Edad Media de nuestra historia representativa. No fue casual. Nada es casual. Todo es producto de las pésimas decisiones que han tomado quienes manejan el destino de este deporte en el ámbito profesional. No sólo es la designación de las y los entrenadores de los representativos mexicanos. Para nada. Va mucho más allá. Es un fenómeno sumamente complejo donde se involucran los dueños de los equipos y sus permanentes intereses económicos (sabedores de que esto es un negocio); el sistema de competencia de nuestras principales Ligas (MX y Expansión); el trabajo, seguimiento y proyección de las fuerzas básicas (en donde muchos tienen que poner de sus bolsillos para recibir una oportunidad) y la inexistencia de un proyecto inmanente y permanente que se construya en torno a las selecciones nacionales femeniles y varoniles.

El problema en México es que, en torno al fútbol profesional, cada quien quiere llevar agua para su molino. Los propietarios de equipos y derechos, así como los directivos (puestos en el cargo por los primeros) son el principal ejemplo de ello. No importa el interés general. Se busca y se pelea únicamente por el propio sin importar la afectación que pudiera sufrir el rival, el contrario o la misma competencia. No se jala parejo porque no hay interés en ello. Lo único que parece importar es el negocio. El asunto es que con sus decisiones le están pegando más y más a la gallina de los huevos de oro, en este caso Selección Nacional Mayor, y han abusado tanto de ella que ésta ya no pudo más y se quedó estancada en el mismo lugar que hace 44 años en Argentina ´78.

Naturalmente que la responsabilidad se extiende a entrenadores, auxiliares, equipo multidisciplinario (médicos, psicólogos, nutriólogos, etc.) y por supuesto, a los jugadores. La capacidad de los involucrados se pone a prueba partido a partido y, a diferencia de los dueños del balón, éstos sí pueden ser reemplazados en el momento en que dejan de rendir. El gol lo impide o lo anota el que está en la cancha, claro está, no el que observa el juego desde fuera. El tema es que a lo largo del proceso que tenía como objetivo rebasar la habitual instancia histórica de los octavos de final, se encendieron muchos focos rojos que no fueron atendidos en tiempo y forma por la cúpula de la Federación Mexicana de Fútbol. Las derrotas ante Estados Unidos en Copa Oro y Nations League, así como el rumbo que fue tomando la eliminatoria en el octagonal de la CONCACAF, indicaban que había que tomar una decisión por acción o por reacción. Sin embargo, se optó por la omisión, otorgándole total confianza a un entrenador que más tarde se equivocaría en la elección de algunos jugadores, así como en el planteamiento de los partidos ante Polonia y Argentina ya en tierras mundialistas. Con el agua en el cuello, sólo se pudo reaccionar ante Arabia Saudita, pero no alcanzó. Ya sea por un gol o por el número de tarjetas amartillas recibidas, el asunto es que se fracasó estrepitosamente.

Y concuerdo plenamente con lo dicho recién por Denise Maerker. Esto no fue un accidente. Esto es producto de los varios y consuetudinarios errores cometidos, casi siempre y desde mucho tiempo atrás, por los mismos personajes o entidades. El equipo de todos los mexicanos sigue secuestrado y parece no importarle a quienes debería. Quizá el Tri padezca del síndrome de Estocolmo, lo cual sería muy grave, especialmente para el aficionado mexicano.

Y es que hoy como ayer, como ha sido toda la vida, el principal afectado es quien cada cuatro años se ilusiona, se anima, se transforma, se emociona con la presencia de su país en la Copa del Mundo. Aquel que se siente representado por unos futbolistas vestidos de verde que le permiten olvidar momentáneamente sus problemas y sus tristezas. Instantes en que vuelve el orgullo, cada vez más escaso, por sus raíces, sus tradiciones y costumbres; con aquello que le y nos identifica por el simple hecho de haber nacido en estas tierras.

Que a nadie se le olvide que el negocio del fútbol siempre se ha sostenido gracias al aficionado, por el de a pie o por el pudiente que puede darse el lujo de viajar hasta donde aparece el nombre de México en la cancha. Que se escuche bien y fuerte: el fútbol tiene su sustento en mujeres y hombres (incluyendo, cómo no, a niñas y niños) que siempre desean y han deseado, que este bendito deporte de carácter nacional les (nos) regale la más elevada y prolongada felicidad posible. Pero hoy, lamentablemente hoy, vivimos la etapa más oscura en la historia de las selecciones nacionales y eso duele, duele mucho. ¡Ah! Y quien se tenga que ir, de pantalón largo o corto, que se vaya inmediatamente.