Los (nuevos) hijos del Tío Sam

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El 2 a 0 en Cincinnati fue un claro reflejo de la incapacidad de Martino para saberle jugar a los estadounidenses

Desde que comencé a aprender historia de México en la escuela primaria, siempre me atrajo el capítulo que se refería a las turbulentas y muchas veces belicosas relaciones entre mi país y los Estados Unidos. Me enojó (y lo sigue haciendo) el hecho de saber que más de la mitad de nuestro territorio se había perdido en un Tratado que se impuso a estruendo de cañón y con fusil y bayoneta en mano poco después de haber sido calamitosamente invadidos por unas tropas que ocuparon el mismísimo corazón de la antigua México-Tenochtitlan. Años antes, los texanos se habían desprendido igualmente de nuestra debilísima República Federal, aprovechando la exigua y vergonzosa defensa de los intereses nacionales por parte de quienes en ese entonces dirigían nuestros ejércitos.

En esos momentos, yo no podía entender por qué habíamos perdido tanto en tan pocos años. Con el paso del tiempo, los libros y la comprensión paulatina de los fenómenos geopolíticos me dieron las herramientas para entender, pero jamás aceptar, lo que le había ocurrido a la Patria en la que me tocó nacer. Quiero decir que nunca he sido un chauvinista, pero creo saber que desde que tengo uso de razón me acompaña un genuino fervor patrio y por eso, aunque sea sólo un insignificante partido de fútbol, no me gusta perder contra el equipo nacional de los Estados Unidos, ya sea en el fútbol, en cualquier otro deporte o fuera de él.

Lamento que Gerardo Martino no sienta lo mismo que yo. No lo culpo. Él no es mexicano. Sin embargo, debería saber que hay un partido en el que casi está prohibido perder. Y si lo sabe, le diré que ya se pasó del límite máximo permitido. Por tercer encuentro consecutivo, el equipo que dirige ha sido derrotado por el que juega al norte del río Bravo y sigue sin darse cuenta de lo que eso significa. Muchos dirán que él no juega, que la culpa es de quienes le pegan a la pelotita y que por su escaso y deficiente funcionamiento dentro del terreno de juego es como llegan las derrotas. Pero se equivocan. La responsabilidad es casi por completo de quien decide a qué futbolistas convocar, dónde los acomoda en la cancha y qué sistema táctico emplea para ganar. Me queda claro que unas veces se logrará el objetivo, en otras no. Pero, una vez más, la flecha quedó muy lejos de la diana.

El 2 a 0 en Cincinnati fue un claro reflejo de la incapacidad de Martino para saberle jugar a los estadounidenses. Las dos finales perdidas y ahora el primer descalabro del octagonal final de la CONCACAF ante el joven, pero pundonoroso equipo de Gregg Berhalter, son un serio indicativo de que las cosas no están funcionando del todo bien en el equipo mexicano. El primer tiempo tuvo esperanzadoras muestras de trabajo colectivo y tres buenas chances sobre el arco de Steffen, pero el complemento nos volvió predecibles y faltos de actitud para contrarrestar el empuje de una escuadra cuya principal virtud fue su juventud, con una edad promedio de 23.6 años, así como el innegable talento de sus jugadores.

La capacidad del entrenador fue rebasada por las circunstancias del partido. Sin reaccionar en el momento en que había que hacerlo y sin aportar desde la banca las soluciones que se requerían para mantener al menos el invicto en la competencia, se terminó por ceder ante un rival que ya nos tiene tomada la medida y se regodea ante nosotros con la etiqueta de Rey de la zona. A Pulisic le bastaron sólo cinco minutos en la cancha para dar un golpe en la mesa y conducir a su país a un nuevo y cada vez más común triunfo sobre sus cada vez más asequibles vecinos del sur.

El daño ocasionado por esta caída se puede incrementar notablemente si Martino no ajusta su visión del entorno y a su propio equipo de cara al partido del martes ante Canadá. Llegar a Edmonton con el orgullo herido podría suponer para los mexicanos un verdadero acicate o, por el contrario, una presión extra, según lo asuman emocionalmente. Como sea, se enfrentarán a una escuadra a la que no pudo ganarle en el Azteca y que contará con muchos elementos geo-deportivos a su favor. Una nueva derrota podría ser tan dolorosa como el hecho mismo de pasar de liderar el octagonal, a ocupar el sitio que sólo concede el repechaje, lo cual encendería los focos de alerta sobre el verdadero alcance del actual proyecto del llamado “Tata”. No porque no se vaya a calificar al Mundial de Qatar 2022. Eso va a suceder, no tengo la menor duda. La pregunta sería, en todo caso, para qué (diablos).

Ni histórica ni futbolísticamente me ha gustado perder ante los Estados Unidos. Habrá una cuarta y última oportunidad de revertir la actual y sumamente dolorosa tercia de derrotas hasta marzo del año entrante. Ya estuvo bueno eso de ser hijos del tío Sam. No más, al menos en el fútbol.