Diego Maradona, el gran genio y el gran tramposo en México 86

Maradona es un genio, así conjugado en presente porque sus obras no son pasado, porque aunque hayan transcurrido 30 años de su “Gioconda”, la obra sigue ahí, como el primer día y se repite una y otra vez cada vez que alguien la evoca.

Hoy hace 30 años, aunque yo vivía en la Ciudad de México a 20 minutos del Estadio Azteca con sólo tomar el camión de la Ruta 23 que pasaba por Avenida Cuauhtémoc, no pude ir a ninguno de los partidos del Mundial 1986.

Por supuesto que me hubiera gustado estar, pero no había para comprar esos cotizados boletos, pero eso no significa que no haya podido disfrutar el Mundial.

Todo la Ciudad de México era como una Pompeya del futbol, inundado por la lava hirviente del “juego del hombre”, si Ángel Fernández me lo permite.

También podría decir que estuve, al fin y al cabo: ese día el Coloso de Santa Úrsula seguro tuvo capacidad para un millón de personas y no de 124 mil, porque he conocido a miles que aseguran haber estado ahí, tantos que no cabrían ni en ocho Aztecas.

Esa paramnesia colectiva se justifica porque ver el gol más bello de la historia creó la alucinación masiva de gente que jura haber estado ahí.

Para colmo de mis carencias, Argentina jugaba en la Ciudad de México, primero en el estadio Azteca, luego Puebla, en Ciudad Universitaria y de regreso al Azteca para los partidos de segunda fase. No es que en esa época en México hubiera gran empatía con el balompié pampero, al contrario y muy lejana estaba a la simbiosis que hay ahora, cuando casi todo aficionado es “hincha” de Boca o River, pero ver en vivo a Maradona era un lujo reservado para unos cuantos.

Si el Mundial del 86 se hubiera jugado en estos días, Argentina habría sido casi local.

Así que el partido Inglaterra-Argentina de Cuartos de Final tuve que verlo por la televisión, eso sí en la TV a color de la casa que era sólo una y superior a la gigantesca blanco y negro Zonda de bulbos y la minúscula Sony.

Más allá de la narración de Roberto Hernández Jr., que no tuvo nada de extraordinario, el resto del juego fue inolvidable por las ya muy obvias razones.

Pero a mí lo que me intriga todavía es cómo en el mismo “caldo”, en la misma fórmula mágica que fue ese juego, cupieron y se combinaron un exquisito ingrediente nunca antes visto y un amargo condimento.

Ese “Barrilete cósmico” (como se le conoce en Argentina, gracias al relato de Víctor Hugo), donde Diego Armando esquivó como conos a los ingleses para materializar el sueño de todo niño que juega la cascarita o picadito en la calle, sueño que no es otro que quitarte a todos y a hasta al portero para anotar un gol que bien podría estar colgado en el Louvre o el MoMa, es todavía un salto cuántico en la historia del futbol, una anomalía virtuosa que puso en estilo bold el apellido Maradona.

Pero con el derecho que me da la admiración a Diego, también aún me amarga que haya tenido la caradura, el morro, la osadía de meter la mano para vencer a Shilton, en un acto que, para mí, no es digno de su estatura como futbolista y no me refiero a su escaso 1.65 metros, sino a la inconmensurable altitud de su arte con el balón.

Ahora mismo, amable lector, usted seguramente pensará: “¡Pero si fue una genialidad! ¡Es parte del futbol! ¡Una picardía! ¡Una justa revancha por lo acontecido en las Malvinas!”

No, me van a perdonar pero una trampa es una trampa sin importar lo que la “justifique”. Quizás lo único “genial” fue que el propio ‘Pelusa’ la bautizara con “La Mano de Dios”.

Pero déjenme decir por qué me dolió ver que Diego hiciera eso. Primero, porque me niego a pensar que la trampa es “parte del futbol”, porque rechazo que se diga que picardía es igual a torcer las reglas o lo que es lo mismo, ganar a cualquier precio y sobre cualquier persona legal o ilegalmente.

¡Ya! ya escuché que dicen “¿alguna vez jugaste? ¿Sabes cómo es estar en una cancha, aunque sea como amateur?”(Nomás sin ofender por favor)... Pues sí, nunca jugué profesional ni estuve cerca, soy un tronco, pero jugué cada día de mi niñez y juventud ya fuera en la sala de mi casa, la banqueta de mi calle, el pasillo de un jardín, a las retas en una cancha de tierra, de estudiante, en estacionamientos y torneos llaneros de 11, 7 y fut sala, y les puedo decir que siempre odié al que se tiraba, al que fingía, al que simulaba, porque creo que como se es en la cancha se es en la vida y me niego a pensar que en la vida vamos tratando de corromper todo con tal de que el marcador nos favorezca.

El tema de la Guerra de las Malvinas, ahí tendría que ser argentino para entender el sentimiento, pero si de algo estoy seguro es que Lineker y compañía no le dispararon a nadie.

Para mí, el criminal fue Galtieri que puso a pelear a un grupo de jóvenes contra una potencia mundial por unos pedazos de tierra. Es casi como si un presidente mexicano tratara de elevar su credibilidad con una invasión para recuperar Texas y mandara a unos incautos soldados a invadir esa tierra y creer que Estados Unidos no los iba a derrotar.

En fin, que el deporte y la política no se deben mezclar, pero el sentimiento patriótico existía entre los ches y eso no cambia ni justifica.

Quizás soy un iluso, quizás no entiendo nada, pero estoy seguro que a pesar de la reacción de Barnes y todo, sin la mano Maradona y Argentina habrían encontrado la forma de avanzar, porque eran mejores.

El otro gran culpable, como cuenta mi compañero Luis Salazar en la entrevista que le hizo al abanderado Berni Ulluoa, fue el bandera roja Bogdan Dotchev, quien vio que Diego metía la mano para vencer a Shilton y no levantó la mano, porque “pensó que eso le correspondía al árbitro central”, según cuenta Ulloa que el mismo nazareno búlgaro lo dijo tras el partido en charlas con amigos.

Pero lo hecho, hecho está y Argentina fue el justo, digno y brillante campeón del mundo y lo que me gusta recordar es la zurda del genio de Villa Fiorito.