Galíndez, Hagler y Leonard: historias en dos ciudades

El 30 de noviembre de 1979, los tres compartieron la misma transmisión en una noche diferente, en la que fallaron algunos pronósticos.

Aquel año, 1979, quedó marcado por un hecho trágico para el boxeo. Willie Classen, un obrero del ring que venía de perder dos combates por fuera de combate, murió luego de una pelea frente a Wilford Scypion, invicto en 12 combates con 12 nocauts a favor.

El encuentro se celebró el 23 de noviembre en el Felt Forum del Madison de Nueva York. Tras un desarrollo normal, Classen sufrió una caída en el noveno asalto y eso lo desequilibró de tal forma que se cuestionó severamente la actitud del referí, Lew Eskin, en no haberla detenido. Salió al décimo, se desplomó y de ahí en más sobrevino la tragedia.

Classen, de origen puertorriqueño, murió el 28 de noviembre, tras ser internado. El mundo del boxeo no se detuvo en su marcha y el sábado 30, tres combates de campeonato mundial fueron televisados a través de la cadena ABC, para el exitoso ciclo “El ancho mundo de los Deportes”, de una manera no convencional.

Los tres principales combates fueron, para la transmisión de TV, primero Vito Antuofermo-Marvin Hagler, por el título mundial mediano desde el Caesars Palace de Las Vegas. En segundo lugar, desde el Superdome de Nueva Orleans, la pelea de campeonato mundial medio pesado entre el titular, Victor Emilio Galíndez de Argentina, y el retador norteamericano Marvin Johnson. La transmisión de cerró, otra vez desde Las Vegas, con la pelea por el título mundial welter entre el campeón Wilfredo Benitez y su retador Sugar Ray Leonard.

La conducción estuvo a cargo del recordado Howard Cosell y fue la primera gran velada televisiva luego de quince años, en la que los protagonistas centrales no fueron de la división de los pesos pesados.

Todas esas peleas incluyendo –se entiende- la organización de la transmisión con doble cabecera, fue una organización de Top Rank. Bob Arum como promotor que ya entonces estaba en la cresta de la ola.

En el primer encuentro, que comenzó a las 20 horas de Nueva York, fallaron los pronósticos porque Hagler, el gran favorito (8-5) y que recibió una bolsa de 40.000 dólares como retador, terminò empatando en mediocre pelea con Antuofermo, que había logrado el título tras vencer en ajustado fallo al argentino Hugo Pastor Corro.

El campeón obtuvo una bolsa de 150.000 como dólares más 30.000 por los derechos de televisión para Italia. Los jurados la vieron totalmente diferente cada uno: 114-112 Antuofermo, 145-141 Hagler y 143 iguales. El referí fue Mills Lane.

Antuofermo, famoso por sus heridas en combate, sufrió seis cortes y logró lo que quería: una pelea callejera, forzada y física, que Hagler no logró dominar claramente contra todos los pronósticos. En 1981 volvieron a medirse y Marvin, campeón WBA y WBC, le ganó a Antuofermo por retiro –justamente a causa de sus heridas-, en el cuarto asalto en Boston, Massachusetts.

Luego le llegó el turno en la transmisión a la pelea de Víctor Emilio Galíndez desde Nueva Orleans. El boxeador argentino y campeón medio pesado WBA, aunque era el favorito, terminó perdiendo con la mandíbula quebrada ante Marvin Johnson, que ya había sido campeón de esa categoría pero para el Consejo Mundial. Este cronista estuvo en ese combate, como enviado especial de la revista “El Gráfico”.

El ambiente no fue el mejor. Sucede que tras separarse en malos términos de su habitual promotor, Juan Carlos “Tito” Lectoure, Galíndez –por entonces el campeón de la WBA-, pasó a la promoción “Primera Fila”, liderada por Carlos Monzón y José Steinberg. Amilcar Brusa fue el jefe de los entrenamientos. Pero nunca logró controlar a Galíndez, que había encontrado en Lectoure la horma de su zapato.

Custodiado por su hermano, Roberto Palmero y por el preparador físico Nicolás López Yoli, Galíndez viajó junto a su pareja, Patricia Aguado. Difícil de manejar en todo sentido, el argentino tenía, a los 31, un record de 55-7-4. Se especuló luego con que se había negado a tratarse una muela en mal estado, que desembocó en una fractura de mandíbula.

Cuando salió al 11er round ya estaba prácticamente vencido, y tras sufrir una andanada de Johnson (25 años, 23-3-0), que iba arriba en todas las tarjetas, se derrumbó y el referí Jesús Celis determinó el nocaut. Fallaron los pronósticos y Galíndez, mal entrenado, se quedó sin corona en una pelea en la que estuvo muy lejos del nivel habitual.

A su regreso a Buenos Aires, Galíndez fue a visitar a Lectoure y aunque la relación se recompuso, fue todo en vano, porque su final como boxeador estaba cercano. Terminó perdiendo un año después con en Anaheim con Jesse Burnett, entrenado por Chuck Talahami, tras haberse ido a vivir a Miami con Patricia.

La transmisión siguió su marcha y tras la derrota de Galíndez ante Johnson, vino una nueva conexión desde Las Vegas. Con Ray Leonard –ya entonces el niño mimado de la televisión, ex campeón olímpico en Montreal 76- ante la chance de lograr su primer campeonato mundial.

Y lo logró, porque Leonard –clasificado segundo en el ranking WBC, invicto en 25 peleas-, se impuso sobre Benítez en una gran actuación, cuando el referí Carlos Padilla detuvo la pelea en el 15to y último asalto. Fue exactamente a los 2m54s., por un corte sufrido por el campeón, que le dio a Leonard el triunfo y el campeonato mundial, a los 23 años.

Leonard iba arriba en las tarjetas por 136-134, 137-130 y 137-133. Benítez había logrado su primera corona en 1976, cuando a los 17 años obtuvo el título mundial welter junior ante el gran Kid Pambelé. Esa noche se consagró el boxeador más joven de la historia en lograr una corona mundial.

Aquel choque con Leonard, fue el primer gran estelar en donde no había pesos pesados y, de hecho, marcó un record, pues a pesar de ser welters, cada boxeador superó la barrera del millón de dólares. A pesar de ser el campeón, Benítez recibió 200.000 dólares menos que Leonard, quien recibió 1.400.000. Ya toda una gran figura, Leonard se consagró y de esa manera comenzó una brillante carrera.

Queda la mención de otro gran protagonista, porque en el Superdome de Nueva Orleans, en el semifondo de Johnson-Galindez, se presentó el invicto de Detroit, Thomas Hearns (21 años), ante Mike Colbert, a quien derrotó por puntos tras provocarle cuatro caídas. Un año después, agosto de 1980, Hearns “La Cobra de Detroit” obtuvo el cinturón mundial welter al noquear espectacularmente al mexicano Pipino Cuevas.

Queda la dramática derrota de Willie Classen, quien cuando enfrentó a Scypion venía de sufrir dos contrastes por nocaut ante Tony Sibson y John LoCicero. El referí, Lew Eskin, debió parar la pelea tras la caída de Classen en el noveno. No lo hizo. En su esquina lo dejaron continuar y casi inmediatamente después vino su derrumbe final. Falleció el 28 de noviembre, a los 29 años, con un record de 16 victorias (9 categóricas), 7 derrotas (3 antes del límite) y 2 empates.

De ahí en más se cambió la regla de descanso obligatorio tras un nocaut. Se pasó de 30 a 90 días y un mayor control en los médicos del ring, ya que esa noche actuaron un urólogo y un pediatra que no tenían experiencia en el boxeo.

Por apenas una bolsa de 1.500 dólares, Classen, llamado “Macho” perdió la vida en su última pelea.

Galindez… Hagler…Leonard… todos ellos en las peleas de fondo, con un Thomas Hearns en una preliminar. Todos en una misma transmisión, cuando cuando no solamente había argentinos en el primer gran nivel –Monzón terminaba de retirarse, Hugo Corro había ya reinado en la misma división- sino que además, eran tiempos en donde todos peleaban con todos.

Han pasado 44 años de aquel 30 de noviembre en donde Víctor Emilio Galíndez, protagonista de una derrota inesperada, llegó prácticamente un punto final para una carrera brillante.